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miércoles, abril 29, 2009

Vota, vota, vota!! (y también bota la pelota...)



Factoría Fnac ha sacado un concurso de microrrelatos, en el cual me he animado a participar con una pequeña historia improvisada con los dos personajetes del dibujo de arriba (el caso es que al final me han gustado los dos, y lo mismo voy y hago más cosinas con ellos :)

El caso es que, a partir de hoy, ya se pueden votar los relatos, y... en fins... aquí tenéis la dirección del mio, por si le queréis echar un vistazo (porfa *__*) y por lo queréis votar (PORFA *_________*).

Por otro lado, Tréveron, Pic y Almadelobo (antes conocida como Devioren ;) también se han presentado, aquí les pongo su publicidad gratuita (bueno, la de Trev no es gratuita, ya me lo pagará... ajiem... :3)

Tréveron --> Fue aquel libro

Pícara --> La gran idea

Almadelobo --> Al otro lado

Ea, leerlos y votad al que más os mole :D (eso sí, hay que registrarse para votar, pero son dos minutos, y si os gusta el microcuento me haría ilu tener aunque sea un votillo :_3)

Hay de tiempo para votar hasta el 3 de mayo.

Por otra parte, one cosilla...

Como habréis podido observar, el ritmo de actualización es irregular, y básicamente esto se debe a que salgo de casa a las seis o a las siete de la mañana y llego a las nueve y media de la noche, así que tiempo, lo que se dice tiempo... pues escasea XDD Pero bueno, aun sigo aquí y se ne siguen cruzando los cables, cosa que, al parecer, es bueno xD

En fins, espero que os molen los relatillos (no os quejaréis, que son fáciles y rápidos de leer xD)

Besotes y pastelotes!

EDIT: Nota de última hora! SE PUEDEN VOTAR A TODOS LOS RELATOS! y con la misma cuenta :3 (pero solo una vez por relato y día ^^)

sábado, julio 26, 2008

El Cilindro II



Pasaron muchos ciclos hasta que Aban tomó la iniciativa. Ahora, el ente se dirigía decidido escaleras abajo, directo al cubículo donde moraba siempre Sabine. Allí, la pequeña pero infinitamente anciana ente del Olvido coleccionaba los múltiples cilindros gigantescos en donde almacenaba las almas de las personas que ella misma condenaba, sentenciadas a pasar el resto de sus días solo recordando el nombre y la existencia de Sabine.

Durante siglos, cinco entes han sido los que regían el comportamiento humano, la raza dominante del planeta, cinco entes que controlaban los cinco bastiones de la vida: recuerdo, olvido, euforia, melancolía y verdad. A lo largo del tiempo, muchos entes han sido los que han perecido consumidos por su propio poder. Carrión, de la Melancolía, es el decimoquinto ente que domina ese rasgo de la vida humana, pues sus sucesores y sucesoras fueron consumidas por su propia tristeza y desasosiego. La encargada de la Euforia, Maron, es la sexta que pisaba el Plano Etéreo, y Alecella de la Verdad, único rasgo de la vida del que lo humanos gozan de libre albedrío a la hora de aplicarlo o no, era la veinteaba.

Pero solo hay dos entes principales, los que con su trabajo conjunto forman la base de la vida humana y construyen el destino y porvenir de cada persona, y son aquellos los que poseen el tiempo medio de renovación más contrastado: Aban, del Recuerdo, es eterno. Jamás hubo otro ente que rigiese la memoria antes que él y jamás habrá ninguno que lo sustituya, pues el gran poder que ejerce el recuerdo en las personas hace que jamás desaparezca del mundo, pues jamás será olvidado. Y, en el otro extremo, se encuentra el ente del olvido, cuya existencia media no sobrepasa el par de meses y cuyo número de renovación era incalculable. La maldición del olvido… el hecho de no poder permanecer en el corazón de nadie, el ser borrado de todas las mentes al poco tiempo de aparecer, provoca que los encargados del olvido perezcan poco después de su aparición.

Y así fue siempre.

Hasta que llegó Sabine.

Ella fue la primera ente que se negó a ceñirse a las reglas. Se negó a desaparecer. El mero hecho de ser sustituida, como miles de sus predecesores, la llenaba de terror. Y, en su desesperación, creó los cilindros, enormes estructuras donde encerraba a humanos a los que previamente alteraba la mente, a los que obligaba a olvidar todos sus recuerdos para implantar solo el suyo, el de Sabine, obligándolos a recordarla el resto de sus días encerrados en aquellos recintos, cerca de ella, vigilándolos…

Pero aquello que aseguraba su supervivencia no era más que una intromisión descarada en el trabajo de Aban, pues él regía los recuerdos que habían de asentarse en el corazón de la gente. Recuerdos que Sabine saboteaba toscamente para implantar únicamente el suyo.
Al principio, Aban no se lo tomó muy a pecho. Fruncía el ceño cada vez que Sabine creaba un cilindro nuevo, pero supuso que, tarde o temprano, el método tendría una fuga y sería rápidamente olvidada y borrada del plano. Pero al pasar los ciclos, Aban comenzó a alarmarse… siglos pasaron y los cilindros aumentaban, cada vez con más rapidez, lo cual no solo concedía inmortalidad a Sabine, sino que su propio poder del olvido se antepuso al del recuerdo, y los humanos pronto comenzaron a sufrir graves pérdidas del pasado, como descubrimientos, avances y sentimientos.
No aprendían de errores pasados, no se alegraban al recordar situaciones felices y no lloraban por sus muertos. Muchos caían enfermos incapaces de recordar ni como se salía a la calle desde sus casas, o simplemente se convertían en máquinas cuyo único objetivo era vivir el presente, sin considerar la sabiduría adquirida en experiencias ya vividas.

Y, además, de todo eso, estaba el orgullo de Aban.

Nunca, jamás, permitiría que otro ente le solapase. Le anulase. Él era el ente eterno, el ente del Recuerdo, el que siempre había respetado el equilibrio entre memoria y olvido, y que ahora exigiría que se hiciese lo mismo.

El destino de Sabine era el de desaparecer.

Y el se encargaría de que ese destino se cumpliera.

Con la furia aflorando con cada nuevo peldaño descendido, Aban apartó un rojizo mechón de su cabello que con la agitación había asomado por su cara. Generalmente era un ente tranquilo. Era la primera vez en toda su larga existencia que se notaba tan furioso y agotado, cosa que, en cierto modo, le sorprendió.

Ninguna cría le miraría con superioridad. Nadie se opondría a su mandato, nunca.
En aquel momento, justo cuando había llegado ante la adusta puerta de madera oscura y carcomida que aislaba el cubículo de Sabine, sentía que le daba realmente igual que la pequeña fuese un ente con un poder equivalente al suyo: tenía la urgente necesidad de castigar a alguien y no se iba a contener engañado por su apariencia de niña inocente.

Sin embargo, se detuvo antes de aporrear violentamente la puerta. Maron y Carrión le respetaban, mas si ahora mostraba un comportamiento indigno podría truncar su relación con ellos. Pese a que aquella situación le era totalmente desconocida, no permitiría tampoco que el nerviosismo le venciese, así que tras respirar hondo un par de veces, consiguió calmarse, y golpeó con suavidad la vieja puerta de madera.

- Sabine. – Dijo con voz firme- Ábreme. Ahora.

Pasaron unos segundos en donde Aban aguardó tras la puerta, paciente. El mandato que le acaba de imponer a Sabine era, a pesar del tono, pura cortesía. Las escasas puertas del Plano Etéreo siempre estaban abiertas.

No pasó mucho tiempo hasta que con un chirrido la puerta se abrió, quedando entornada, y mostrando por una fina rendija media cara de Sabine, la cual tenía el único ojo visible entrecerrado, clavado en Aban.

- ¿Qué? – preguntó con descortesía.

Aban se quedó mirándola, sin agachar ni un ápice la cabeza a pesar de la evidente diferencia de estatura. Durante unos tensos instantes, ambos cruzaron miradas. Aban sabía perfectamente que Sabine conocía la razón de su visita. Era una cría endemoniadamente lista, y ese era el mayor problema.

De pronto, con un brusco gesto, Aban alzó el brazo y abrió la puerta de par en par de un solo golpe, provocando que ésta chocase con la pared interior con un ruido que generó estruendosos ecos a lo largo de las vacías escaleras. Sabine profirió un grito de sorpresa y saltó hacia atrás para no ser golpeada por la puerta, pisando su túnica (mucho más larga que su estatura) y cayendo hacia atrás con un gemido.

Aban entró imponente en el cubículo, más grande y espacioso que cualquier palacio humano, pero insignificante comparado con la basta extensión del Plano Etéreo. Una vez dentro, dirigió su mirada hacia el oscuro interior, ignorando completamente a una quejosa Sabine.

- ¿¡Qué demonios te crees que estás haciendo, estúpido!? – chilló la chiquilla mientras se incorporaba con torpes movimientos - ¡este es mi terreno! ¡fuera! ¡sal! ¡vete!

Aban hizo caso omiso de Sabine y escudriñó el fondo de la estancia. Por fin, pareció divisar aquello que estaba buscando y, con un brusco movimiento, se agachó y agarró a Sabine por el cuello de su ancha túnica.
La niña emitió un quejido de protesta, que pronto se convirtió en un cúmulo de chillidos rabiosos cuando Aban comenzó a caminar hacia la profunda oscuridad del cubículo, arrastrando con él a Sabine.

- ¡Suéltame! ¡suéltame, desgraciado!- gritaba la niña- ¡suéltame de una vez!

Tras unos escasos segundos de caminata, Aban acabó por lanzar a la pequeña hacia delante. Sabine gritó al perder el equilibrio y emitió un ruido sordo al golpearse contra una dura pared metálica.

Habían llegado a los Cilindros.

Aban conocía la existencia de los cinlindros desde el primero que se creó, pero nunca los había visto directamente. El poderoso ente del recuerdo tuvo que hacer un gran esfuerzo de autocontrol para no arremeter contra la pequeña que se incorporaba unos pasos delante suyo al ver semejante colección macabra.
A su frente, cientos y cientos de cilindros se amontonaban. Cilindros enormes, cerrados por portentosas cadenas cuyas cerraduras lucían la forma de unas firmes manos enlazadas.

El pensamiento de lo que portaban aquellos cilindros hizo estremecer a Aban, que, con una mueca de rabia, acabó por volver a agarrar a Sabine del cuello para incorporarla con brusquedad, manteniendo la mirada de la chiquilla ante el metal.

- ¿Ves esto, Sabine? –preguntó Aban, procurando mantener la calma- ¿Sabes realmente lo que contiene todo esto?

Sabine entornó los ojos y miró sobre el hombro a su captor.
La mirada de “pues claro que lo se, idiota, los he hecho yo” hizo que en la calma de Aban se abriese una brecha y el ente estampara contra la pared del cilindro a la pequeña, que aulló de dolor.

- No tienes ni idea, niñata, ni idea de lo que hay aquí dentro. –repondió el mismo Aban con un siseo- Nosotros, Sabine, no envejecemos, somos eternos hasta el poder que se nos otorga nos consume- el ente hizo una significativa pausa antes de añadir… - os consume.

La presión del fuerte brazo de Aban se suavizó un poco y separó a Sabine del metal, pero sin soltarla. La niña se llevó las manos a la cara y se limpió el hilo de sangre que, a causa del golpe, le brotó de la nariz.

- No me des lecciones morales, pelirrojo – replicó Sabine con voz nasal- No las necesito, ni las quiero.
- Oh, ¿no las necesitas? ¿no las quieres? – preguntó, inquisidor, Aban, a la vez que por fin soltaba a la niña con gesto altivo- ¿y entonces porqué en lugar de vaciar y volver a llenar un mismo cilindro, fabricas nuevos? Es un gasto de energía innecesario, ¿no te parece? Con lo fácil que sería limpiarlos por dentro y reutilizarlos…

Aban pasó al lado de Sabine y se aproximó al cilindro más próximo, el cual mostraba una diminuta mancha de sangre en la pared, provocada por el golpe de Sabine.

El ente posó suavemente su mano sobre el metal.

- Este cilindro se ve más gastado que los demás, ¿no Sabine? Dime, ¿fue tu primer logro?

Sabine miraba alternativamente al cilindro y a Aban, el cual observaba el cilindro atusándose la perilla de forma inquisidora.

Empezó a ponerse nerviosa.

- ¿Qué haces? – preguntó estrechando los ojos, con tono de advertencia.
- Oh, así que este fue tu primer juguete – Aban miró con desdén a la pequeña, a la vez que la mano que apoyaba en la pared del cilindro comenzaba a emitir un destello blanquecino - ¿no quieres echar un vistazo a tus amigos?

Fue Sabine quién perdió entonces el control, y con los ojos desorbitados se abalanzó sobre Aban, intentando detenerle.

- ¡No! –chilló.

Pero ya era tarde: en menos de un segundo, el ente manipuló el recuerdo de la enorme cadena de manos entrelazadas, y lo borró de toda memoria, incluida la de Sabine, desafiando al poder de ésta con una descarada intromisión en su propio campo: la desaparición de recuerdos, el olvido.
Aban esbozó una media sonrisa al ver la mueca de dolor en el rostro de Sabine al comprobar que el poder de Aban se había solapado al suyo.

“Ambos podemos jugar a lo mismo, pequeña” –pensó, disfrutando de la fugaz sensación de dominación que le proporcionaba superponer su poder al de su igual.
Y, al desaparecer de las memorias, la cadena dejó de existir, y con un destello blanco se deshizo en la oscuridad.

Sabine gritó con horror al ver que las puertas del cilindro se abrían bajo la presión de los montones de cadáveres que se apelotonaban a la entrada, cadáveres de personas que murieron encerradas en el limitado recinto y en una vida de desgracia, obligados a recordarla prisioneros para toda su existencia, inmersos en la locura y la desesperación.

Un simple vistazo al montón de muertos, sorprendentemente bien conservados debido a las condiciones totalmente aisladas y estériles del cilindro, podía desvelar las terribles muertes que allí dentro acontecieron: mordiscos y cortes en piernas y caras, brazos desgarrados y cuerpos partidos mostraban signos de canibalismo al agotar los alimentos de los que disponían, mutilaciones y posiciones terriblemente vejatorias mostraban comportamientos salvajes debidos al encerramiento y a la anulación completa del ser y del pensamiento, a verse este solapado por un único nombre y obsesión: Sabine.

La niña se arrodilló frente a la pila nauseabunda de muerte, tapándose la nariz con un gesto de asco al percibir el tremendo olor a cadáver que salió a modo de ráfaga del cilindro. Le temblaban brazos y piernas, mas en sus ojos desorbitados por la horrible visión no se leyó compasión ni arrepentimiento, sino una profunda rabia mezclada con una tremenda repugnancia.
Una fugaz mirada a la base del montón de cadáveres le rebeló la presencia de dos cuerpos idénticos, aplastados bajo la tonelada de carne muerta que se amontonaba ante las puertas. Sabine miró a las gemelas con desprecio, aunque no pudo reprimir cierta risilla macabra cuando comprobó que una de ellas se hallaba tendida boca arriba, con su escuálida y grisácea tez deformada por una mueca de pánico y terror.

Pero pronto la risa se convirtió en un grito ahogado cuando Aban la volvió a agarrar por el cuello y, tras levantarla con brusquedad, acercó su cara hacia esa misma faz de la que segundos antes se burlaba.
Sabine tuvo que reprimir una arcada.

- ¿Te hace gracia, mi pequeña? – siseó Aban- ¿te resulta divertido, mi niña?

Aban restregó la cara de Sabine por la del cadáver con saña, destruyendo el frágil y seco rostro de la muerta con la cara de la niña.
Sabine pataleó histérica mientras sus gritos quedaban convertidos en un sonoro murmullo al verse amortiguados por la carne de cadáver que se rompía con su contacto.

Por fin, Aban la levantó con brusquedad, dio media vuelta y, sin dejar de agarrarla por el cuello de la túnica, se encaminó de vuelta a las escaleras, llevando consigo a rastras a Sabine, que comenzó a llorar histéricamente.

- ¡Te odio, cabrón! ¡te odio! – maldecía la niña gritando con voz desgarrada- ¡haré que te disuelvas en la nada, maldito pedazo de mierda! ¡SUÉLTAME!

Pero Aban hacía caso omiso a sus protestas, y con paso decidido alcanzó la puerta del cubículo, la traspasó y comenzó a subir las escaleras.

El castigo está apunto.
Sabine iba a pagar por lo había hecho.

Iba a pagarlo, y bien.

Sin embargo, tras unos cuantos peldaños, Aban detuvo con brusquedad su paso, aun con una Sabine furiosa y berreante a rastras.
El ente alzó la mirada y observó a la mujer que, unos pocos peldaños más arriba, lo observaba impasible con su único ojo visible, ya que el otro se hallaba oculto tras un espeso mechón de cabello blanco.

- Alecella… -dijo Aban, algo contrariado por la interrupción de su marcha- ¿qué haces aquí?

La joven que ocupaba el título de ente de la verdad no le respondió enseguida. Alzó un poco la mirada y clavó su plateada mirada en el foco de los gritos, que al escuchar su nombre había decidido apaciguarse un poco. Sabine la observaba entre sollozos, sin ocultar el odio y la rabia que en aquellos momentos sentía.
Luego, Alecella volvió a dirigir la mirada hacia Aban.

- Escuché gritos aquí abajo, ¿ocurre algo?.

Aban se la quedó mirando unos segundos. A continuación, elevó con brusquedad el pequeño cuerpo de Sabine. La niña soltó un grito de protesta ante el brusco tirón, pero no volvió a chillar.

- Sabine necesita ciertos… azotes. –sentenció Aban. Y volvió a bajar a la pequeña, que había cambiado su griterío por una actitud rígida, con mirada desafiante pese a su clara situación de desventaja. – Y ahora, aparta de mi camino.

Alecella se hizo suavemente a un lado y Aban pasó con paso firme a su lado, prosiguiendo su camino hacia las partes altas del plano.
Soportando aun el firme arrastre del ente del recuerdo, Sabine cruzó una mirada con la inmóvil Alecella, que observó tranquila como la pequeña y Aban desaparecían escaleras arriba.

Cuando Alecella perdió de vista a ambos, dirigió su mirada escaleras abajo, y tras unos segundos de reflexión, comenzó a descender suavemente hacia la entrada del cubículo.

Con sigilo, se asomó por el borde de la puerta y observó su interior.


Tras unos segundos, suspiró.


- Y ahora quién limpiará todo eso…



***
***


Bué, y esta es la continuación de El Cilindro, relatillo que publiqué aquí hace un tiempo, y que además está ligado con Proyecto Jhakeva, ya que Alecella es ésta de aquí. (y no, el cómic no está abandonado :)
En un principio, no iba a haber continuación, pero me gustó la idea y decidí explotarla un poco más, además de que me ha servido para completar algunos huecos en la historia de Proyecto Jhakeva, que nunca viene mal.

Por cierto, la imagen de entrada en un principio iba a ser con Sabine y Aban, pero al final me hice un lio, no terminé de visualizarlos como quería, y como el dibujete de Sabine me gustaba... pos ala x)

domingo, enero 20, 2008

A la vera del espigón.




Se sentó con cansancio en el borde del espigón, observando el horizonte rojizo y el mar levemente picado, intentando disfrutar de la brisa marina que alborotaba juguetón su oscuro cabello. En su hombro, su fiel compañero, el único que le había acompañado siempre desde que ella tenía uso de razón, soltó un graznido a modo de queja ante el frío viento que le azotaba la cara.
Pero no era el mar lo que lo incomodaba. El Cuervo estaba nervioso desde hacía meses. Y ella lo notó. En realidad, siempre lo había notado.

Con un gesto tranquilizador, la joven alzó la enguantada mano y acarició con dulzura el terso plumaje negro de la cabeza del animal mientras susurraba palabras tranquilizadoras.


- Ya… ya… -decía con un hilo de voz – ya nos vamos…


El Cuervo soltó otro pequeño graznido, más suave esta vez, y con un pequeño salto bajó del hombro y desplegó suavemente las alas, permitiendo que su cuerpo aterrizada en el espigón con soltura y elegancia.
Una vez en el suelo, el Cuervo dirigió una mirada a la joven, una mirada que decía mucho y que solo ella podía entender, y acto seguido empezó a caminar sin rumbo fijo, dando vueltas por el espigón. Esperando.

Ella lo miró por encima del hombro durante unos segundos, siguiendo sus pasos, su caminar errático. Tras un suspiro, la joven volvió a centrar la mirada en la mar, en aquel horizonte limitado por el agua salpicada de olas. Subió entonces ambas piernas a la vera del borde, abrazándolas, y apoyó la cabeza sobre las rodillas, bajando la mirada triste y melancólica hacia los pequeños líquenes enganchados en las rocas bajas.


Hacía ya demasiado tiempo que el Cuervo no pasaba más de diez minutos en su hombro. Hacía meses que no le permitía darle de comer, si tan siquira se posaba ya en su antebrazo para descansar tras uno de sus largos vuelos. Se estaban distanciando… y eso le daba miedo. Miedo.. y pena.

Durante toda su vida el Cuervo había estado allí, con ella. Siempre la había protegido de todo peligro y de todo mal, jamás la dejó sola en los momentos de tristeza y siempre la acompañó en cada meta que se hubiera propuesto, apoyándola y dándole ingentes cantidades de ánimo y coraje con cada uno de sus graznidos. Y ella siempre lo había querido… Era su compañero. Era su hermano. Era una parte de ella.
Siempre había sido sí. O, por lo menos, siempre lo había sido hasta ahora.

Con cierta pereza, la joven alargó un brazo y acarició el relieve viscoso de una de las rocas bajas, cubierta de líquenes. Durante un segundo, sintió una envidia enfermiza frente a aquel ser, mitad alga, mitad hongo, condenados a vivir unidos por siempre jamás por su supervivencia.


Condenados…


Esa no era la palabra correcta.


Aquello debía de ser una… bendición.


¿Qué importaba que se pelearan? Debían estar unidos para sobrevivir, así que nunca un ataque de rabia podría separarlos.
Ninguna época triste los distanciaba. Nada podía romper su unión, cual pacto con el diablo, ambos estaban destinados a vivir juntos y jamás se separarían.


Nunca estarían solos.


Jamás.


Un estremecimiento recorrió entonces la espalda de la muchacha. Dejó de acariciar aquella superficie fría y alzó levemente la cabeza, aun mirando con los ojos muy abiertos la fina superficie de líquenes y dejando escapar una fina lágrima, salada como la mar que la contemplaba.


¿Qué ocurriría si el Cuervo finalmente la abandonara?


¿Qué pasaría si se le acababa la paciencia y la dejaba?


¿Cómo podría sobrevivir en el mundo si él se fuera para siempre?


Estrechando los ojos, la joven apretó los labios en un gesto que mezclaba miedo y frustración.


Se quedaría completamente sola.


Sola para siempre.


Y ningún amigo, ningún familiar, ningún amante y ningún nuevo compañero podría llenar el terrible vacío que el Cuervo dejaría en su alma para siempre.

Sin poder reprimir una terrible opresión en el pecho, miró rápidamente a sus espaldas, buscando el errático, pero aun así elegante, caminar del Cuervo.

Y allí seguía, a una decena de pasos tras ella. Y como sintiendo la mirada de la joven, el Cuervo detuvo en seco su caminar y le devolvió la mirada.

Le dedicó una mirada dura y oscura, en donde la joven pudo adivinar cierto rencor y reproche. Y, al verlo, el alma de la muchacha se le fue a los pies, su mirada se clavó en el suelo y las fuerzas le abandonaron.


Le estaba fallando.


Le seguía fallando.


Y posiblemente, seguiría fallándole.


Y llegaría el día en dónde él acabaría por cansarse de sus faltas… y se iría.

Como adivinando los pensamientos de la joven, el cuervo alzó el vuelo y se acercó a ella, posándose suavemente sobre su cabeza. Las plumas se le encresparon por culpa del frío viento y el animal soltó un graznido de fastidio, pero no se movió de donde estaba.

La muchacha, por su parte, más que alegría al ver que el animal había vuelto con ella al verla tan afectada, sintió cierta pena y sonrió con tristeza. Alzó la mano, tremolosa por el frío y por la melancolía, y acarició, agradecida, el negro plumaje del ave.


- Ya… ya… -volvió a susurrar – ya nos vamos…


Pero tanto ella como el animal sabían que no lo harían.

Se quedarían allí, en aquel lejano espigón, hasta que ella decidiera levantarse por fin y volver…. o hasta que el Cuervo al final se cansara y la abandonara.


La abandonara para siempre.

lunes, julio 16, 2007

El Cilindro



Sabine aguardaba agazapada tras la escalera de caracol, observando como la gente iba dedicándose sonrisas mientras se estrechaban las manos. Ninguno de ellos parecía conocerse, a excepción de un par de gemelas que, al parecer, se habían colado juntas.

La habitación estaba a varios metros de ella, y la brillante de luz de las miles de lámparas de su interior se escapa por la gran puerta entornada, penetrando en la profunda sombra que reinaba fuera de la estancia, como una gruesa lanza que iba estrechándose hasta no ser más que un fino hilo de luz apagada a los pies de la chiquilla, que se mantenía escondida tras la escalera, huyendo de las miradas y aprovechándose de la negrura del ambiente para espiar. Asomaba la nariz por encima de los escalones, ocultando una sonrisita maliciosa y satisfecha.

El cuarto estaba repleto. Lleno de gente. Gente despreocupada, que actuaba con naturalidad y educación, como si estuvieran en una fiesta en donde se les brindaba la oportunidad de conocerse.
La estancia era perfecta, acogedora y cálida, con un gran portón tallado franqueado por paredes llenas de cuadros de hadas y bellos paisajes de fantasía.
Las personas se encontraban a gusto. Bebían limonada, zumo y cerveza. Comían gustosos las frutas de las mesas y reían de los ocurrentes chistes de alguno de los invitados más elocuentes.

Estaban relajados. Estaban bien. Y ninguno de ellos se preguntó el porque estaban todos allí.

Sabine no pudo reprimir soltar una risilla burlona. Todo le había salido perfecto.
El cuarto, la ambientación, los detalles… incluso las personas escogidas. Hasta el par de gemelas que no había previsto le resultaron agradables, vistas desde los lejos, en la oscuridad, tras la escalera.
Conforme con lo veía, Sabine apoyó sus manitas sobre el peldaño, agazapándose un poco más.
Tendría que estar preparada para llegar en el momento justo. Ahora que todo iba perfecto, no podía permitirse el lujo de perder todo el esfuerzo.
La creación de la habitación, el ambiente, la comida, las semanas recolectando gente afín… todo podía echarse a perder en un solo segundo. Bastaba con que uno de aquellos que ahora reían alegremente en el cuarto consiguiera escapar… cosa que, en principio, y de momento, ninguna tenía previsto dado el atractivo y el divertimento que parecía ofrecer la reunión.

Sabine cambió de postura y movió un poco sus doloridas rodillas. Llevaba un tiempo ya tras la escalera, observando a la gente moverse tras la puerta. Pese a que no estaba del todo abierto, la pequeña podía ver todo lo ocurría dentro con sus grandes ojos rojos, además de escuchar todo lo que se hablaba entre la maraña de invitados.

Escuchar… eso era ahora su prioridad.
Todo estaba listo.
Todo a punto.
Solo quedaba que alguno de ellos lo dijera… cualquiera…

- Pues yo vengo de Amsterdan, ¿sabe usted?
- ¿De veras? ¡yo tengo parientes allí!
- El otro día me encontré con mi marido, que sinvergüenza…
- Oh, yo me divorcié hace unos días.
- ¡Me gusta ese juguete que llevas!
- Podemos jugar juntos, si quieres. Yo me llamo Marcos, ¿y tu?
- Nunca pensé que todo esto estuviera tan limpio, de veras.
- Ya sabes, se lo toma todo muy a pecho.
- Marie, ¿dónde estamos?

Sabine dio un respingo. Una de las dos gemelas miraba el entorno, extrañada.
La atención de la niña se centró en ellas con un fugaz movimiento de cabeza, aterrorizada. Había pensado dejarlas pasar, ignorarlas, no considerarlas un mayor contratiempo. Pero aquella pregunta no le interesaba.
No le interesaba nada.

Su expresión expectante se torció en una de creciente furia. Sus rojos ojos centellearon con una mezcla de odio y pánico.

Cierra el pico… cállate…

Pero su hermana respondió.

- No… no lo se, Laura. Te dije que no husmearas, ahora nos la vamos a cargar.
- Tienes razón, quiero irme de aquí.
- Yo también… mira, allí está la salida. Marchémonos a la heladería, ¡seguro que hay nuevos sabores de batidos!

El horror se apoderó completamente del pequeño cuerpo de Sabine, que observaba desde su posición como las dos gemelas se acercaban cogidas de la mano y con semblante alegre hacia la puerta entornada.
Ninguno de los otros asistentes les prestaba atención.
La niña empezó a sudar agarrando con fuerza el escalón hasta casi hacerse sangre en los delgados dedos. Sus músculos se agarrotaron y toda ella entró en una tensión enfermiza que le provocó un intenso mareo y le nubló la vista, completamente fijada en la imagen de las dos alegres gemelas encaminadas hacia la gran puerta.

Sus cabellos se erizaron, en sus ojos desorbitados asomaron lágrimas de desesperación y un agudo dolor se apoderó de su cuerpo.

Las gemelas estaban llegando a la salida, a la gran puerta tallada. Si se iban, si cruzaban el umbral, si ponían un pie fuera de aquella sala perfecta…

Pero entonces, de forma imprevista y en medio del pánico, Sabine por fin escuchó en una de las conversaciones lejanas lo que había estado esperando con tanta ansia:

- Oh, sí, tu te refieres a… Sabine.

Como un relámpago, al escuchar pronunciar su nombre Sabine saltó por encima del escalón y se echó a correr como alma que se lleva el diablo hacia el gran portón.
Las gemelas aun no habían llegado a la salida, y en ese momento reían por alguna gracia de uno de los asistentes.
Nadie vio a la niña correr hacia ellos. Ninguno se percató de su carrera.

Nadie la veía.

Pero Sabine hacía tiempo que dejó de prestarles atención: recorrió la larga lanza de luz que llegaba desde la estancia hasta llegar a la puerta, quedándose a un palmo de las dos gemelas, que seguían riendo felizmente cogidas de la mano, como a cámara lenta.

Sabine no entró en el cuarto. Ni siquiera les dedicó una mirada a las gemelas. Con un giro precipitado, viró hacia la derecha en su carrera desesperada y con un jadeo se agachó para recoger uno de los extremos de una gruesa cadena negra, aparecida a los pies de la estancia de entre la negrura. Sin detenerse un instante, agarrando con un abrazo la cadena que era más grande que su propio cuerpo, Sabine continuó corriendo sin parar en dirección a la pared.

Y cuando parecía que la niña iba a estamparse contra uno de los bellos cuadros que adornaban, estos desaparecieron. Toda la pared se esfumó. Y Sabine siguió corriendo, arrastrando la pesada cadena, jadeando por el cansancio y por el esfuerzo, pero siempre con la idea presente de que en el momento de que se detuviera, todo habría terminado.

Corrió entre sudores y jadeos, con prisa y varios traspiés a causa del peso, pasando por donde antes había habido la hermosa pared de cuadros, girando siempre hacia la izquierda en su carrera, bordeando la periferia de la habitación, que a cada apresurado paso de Sabine iba adquiriendo su forma externa real: la forma de un gigantesco y gris cilindro situado en medio de la nada, en medio de la negrura.

La carrera de Sabine continuó, manteniéndose muy cerca de las paredes del enorme cilindro que iba tomando forma a la vez que ella lo bordeaba con la cadena de la que tiraba. La pequeña tomo aire apresuradamente cuando logró divisar al fondo la gran puerta a la estancia.

La puerta del cilindro.

Ya está, ya está, he dado la vuelta, ya la he dado, solo un poco más un poco…

- ¡Eh! ¡Eh! ¿qué esto Marie? ¡no hay nada!

El terror volvió a apoderarse de Sabine cuando escuchó la voz de una de las gemelas. Al parecer, una de ellas había decidido asomarse al exterior.
Con un impulso desesperado, Sabine se abalanzó contra la gran puerta y con un estrepitoso golpe, acompañado de un grito de la gemela, se cerró, y cuando lo hizo todo tallado que antes había mostrado desapareció, quedando convertida en una alta y fría puerta de metal del mismo tono gris que el resto del cilindro.

Sabine escuchó que en su interior la gente empezó a moverse inquieta. Algunos, probablemente las gemelas, aporrearon el lugar donde antes había estado la bella puerta.
Pero la pequeña no les prestó atención, y aun apresurada dejó caer el extremo de la cadena con la que había estado bordeando el cilindro y acercó el otro extremo, que había dejado en la entrada.

Con un súbito entrechocar metálico, ambos extremos se alzaron al unísono, lanzando a la pequeña hacia atrás, que quedó sentada a un par de metros de la entrada, jadeando exhausta, observando con los ojos muy abiertos como los dos extremos de la pesada cadena se retorcía a cierta altura y cada uno adquiría la forma de una enorme mano grisácea. Ambas manos se agarraron fuertemente cuando alcanzaron la mitad de la longitud del gigantesco cilindro, y quedaron apretadas fuertemente sobre el metal gris, de forma que el gran cilindro quedara sellado, rodeado por la gran cadena, desapareciendo también todo resquicio de la puerta cuando ambas manos quedaron agarradas.

Y todo quedó en silencio.
Ya no se escucharon golpes del interior del cilindro, ni ruido metálico de los eslabones al moverse.

Tan solo se escuchaban los continuos jadeos de Sabine, que aun observaba desde el suelo el enorme cilindro encadenado que se alzaba imponente ante ella.

Al pasar unos minutos, los jadeos de la niña se fueron apagando. Se incorporó con cansancio, y antes de dar media vuelta de regreso a la escalera, le echó un último vistazo a su obra.

El enorme cilindro, sellado con la cadena de las manos estrechadas.
Era suyo. Todo suyo.

Con un suspiro, echó a andar hacia la escalera, subiendo por ella. Lentamente, ya sin prisas, y con una reconfortante sensación triunfo.

Al llegar al último peldaño del largo caracol, se encontró con Maron, Caronte y Aban.
Los tres miraron a la pequeña, curiosos.

Sabine estaba demasiado cansada para sonreírles.


Tengo ya atrapados a aquellos que me recuerdan, y han de recordarme por siempre.

Nunca jamás saldrán de mi cilindro, y solo vivirán para recordarme.

Y mientras ellos me recuerden, yo jamás dejaré de existir.



Aban torció el gesto con desaprobación.


No está mal pensado para asegurar tu existencia unos años, Sabine. Pero algún día tus esclavos del cilindro morirán, y con ellos, perecerá tu recuerdo.

Aban entrecerró los ojos con malícia.

Y tu también.


Ahora Sabine sí pudo contestar con una maliciosa sonrisa.


Cuando ellos mueran, otros entrarán en mi cilindro.

Otros entrarán... para recordarme.



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Notas: Este escrito es una improvisación pura y dura. Estando tumbada en mi cama sin nada mejor que hacer, me vino a la mente la imagen de una niña que aguardaba tras una escalera (a saber por qué...). Como estaba aburrida, me levanté, encendí el ordenador, me senté frente al word y empecé a escribir de forma aleatoria sobre esa niña tras la escalera, y salió esto...

Hacía tiempo que no escribía nada :)

PD: El dibujo lo hice directamente a ordenador, con la tableta.