Es curioso comprobar como la vida siempre intenta hacernos la puñeta, indicándonos de forma sutil, pero contundente, las cosas que debemos hacer y el camino a seguir.
Es decir, tu siempre tendrás tus sueños, tus planes en mente, tus metas establecidas, y podrás recorrer el camino que más te plazca para alcanzarlos, pues para ello existe una cosita llamada libre albedrío, y eso un derecho que tenemos todos.
Pero, pese a ello, la vida siempre te indica muy claramente cuando, para ella (y puede que solo para ella), te estás equivocando.
Y así, mientras recorres felizmente tu sendero hacia tu meta, ella te pone piedras en mitad del camino.
Algunas las saltas.
Otras no.
Pero te levantas.
Y sigues andando.
Y la vida te pone piedras más grandes, muros enormes, frondosos bosques de dificultades, barrancos incruzables, grietas traicioneras y bestias que te acechan allá por dondequiera que vayas.
Pero las personas no le hacen nunca caso.
Y la vida les empuja, les tira, les pega, les araña, les insulta… y, cuando están en tierra, muchas veces les patalea y se ríe de ellas, o bien les grita con rabia, exigiendo que abandonen ese camino que nunca fue de su agrado.
Pero las personas no le hacen nunca caso.
Juntan las piedras y suben sobre ellas para poder saltar los muros, cortan los árboles de los bosques y construyen puentes para cruzar los barrancos, y usan sus ramas para tapar esas grietas y prender trampas a las bestias.
Y todo ello sin saber que están ignorando a la vida.
Que no escuchan su rabieta caprichosa y su tozudez a la hora de querer hacerlos cambiar de idea.
Las personas siguen andando, con esa sonrisa fresca en los labios, pese a cargar con un cuerpo magullado por los golpes y unas mejillas doloridas por los numerosos cortes.
Porque las personas no hacen nunca caso.
Nunca.
Mas la vida no es un ente idiota: sabe golpear. Golpea con certeza, con crueldad y sin mostrar piedad alguna. Y ahí, mientras observa a los pocos que consiguen seguir el camino elegido, decide ser retorcida, maquiavélica y malvada.
Y les muestra los caramelos.
Caramelos apetecibles, muchos de ellos realmente deliciosos. Caramelos que les ofrece fácilmente, sin pedir a cambio ningún tipo de esfuerzo. Golosinas de atrayente aroma que hacen desviar la mirada hasta los más obstinados en sus metas, en sus sueños… en sus elecciones.
Muchos de ellos terminan ahí su camino. Muchos de ellos se salvan en ese momento. Se podría considerar incluso que esos caramelos son una especie de premio, un regalo por haber soportado las penurias. Por haber llegado hasta donde están.
Y muchas personas giran la mirada.
Y los cogen.
Cogen los caramelos ofrecidos, y allí se quedan. En el sitio que la vida les ha designado al final. Muchos son felices allí.
La gran mayoría.
Mas tan solo desviaron la mirada de su camino, no lo olvidaron . No olvidaron su elección… una elección que nunca llegó a terminarse, ya que, por otra parte, ellos mismos escogieron abandonar. Y esas personas viven encerradas en una eterna paradoja, que les sumerje en la insondable duda de por qué decidieron abandonar cuando su objetivo era seguir, de por qué se pararon cuando escogieron caminar.
Algunos no le dan importancia a la cuestión, y simplemente viven.
Otro, no.
Pero, aun así, aun quedan personas que siguen sin escuchar.
Que rechazan el caramelo.
Que cierran los ojos y se alejan de él corriendo.
Aun hay personas que escogen el camino que eligieron.
Y es entonces cuando la vida se vuelve cruel.
Los caramelos desaparecen para siempre, y ante esas pocas personas tan solo muestra un desierto.
Un desierto totalmente abandonado.
Sin oasis.
Sin ni siquiera viento.
Algunos se aterran entonces. Y recuerdan los caramelos… mas cuando vuelven corriendo tras sus pasos, comprueban que ya han desaparecido todos ellos.
Y la vida les oculta el camino de regreso.
Y se pierden.
Y jamás encuentran de nuevo el camino que escogieron.
Y se quedan allí, dando vueltas en círculos, sin avanzar nunca, buscando aquellos caramelos que la vida les ofreció en otro momento.
Y viven perdidos.
Sin lugar, sin paradoja.
Sin nada.
Finalmente, a veces, y solo a veces, quedan una o dos personas dispuestas a adentrarse en el desierto.
Y se adentran, dispuestos a todo.
Dispuestos a alcanzar esa meta.
Ese sueño.
Esa elección.
Y, la gran mayoría de las veces…
… ninguno de ellos la suele alcanzar.