domingo, septiembre 18, 2005

¿Qué obliga a Jean...?

Teniendo en cuenta lo refashion y megapija que es Jean Grey, la mujer-X conocida como Fénix, hay una duda que no me deja dormir por las noches y me que sume en la más profunda de las preocupaciones.


Y es que yo me pregunto tras ver esta imagen...




¿Qué obliga a Jean Grey a poner semejante jeta?


a) La cadena que está estrangulándola (razón poco probable: Grey ha llegado a ser quemada y bombardeada con radiación intergaláctica sin perder en absoluto el tipo y sin que se le corra el rimmel).

b) El rubiales de atrás le está tocando el pandero con la mano libre.

c) Le está pisando un pie un gallifante bebé que no llega a verse en la imagen.

d) Está a puntito de tirarse un rumble.

e) Lleva semanas sin poder ir al baño a... evacuar.

f) d y e son ciertas.


Sigh... estos superhéroes a veces nos salen con cada cosaaaa...

sábado, septiembre 17, 2005

Aprendiendo de Mustang VI


Despues del Aprendiendo de Mustang V, esta tira era inevitable XDDD (jum... es más, es que si no se lee la anterior, la cosa pierde...)

...

(o no... ^^U)

Recordad: mente limpia, mente limpia... >:3

Feeeeestivaaaaaal del humoooooor... XD

viernes, septiembre 16, 2005

Madreselva (parte 3 de 3)

Ariatte se quedó mirando al joven durante unos segundos más. Caríode estaba muy seguro de lo que deseaba, y no parecía estar dispuesto a marcharse de allí sin aquello que había demandado.
La diosa cerró sus ojos translúcidos, y agachó la cabeza, pensativa.
Comenzó a buscar…

El muchacho la observaba , con los puños fuertemente cerrados, notando como finalmente el nerviosismo comenzaba a invadirlo. Por fin… así de sencillo. El último suspiro de Calisto… su último deseo, su única seña de que había existido en aquel mundo. Y ahora él sería quien lo guardaría. Quién se encargaría que de que nunca nadie se atreviera a olvidarla.

Tras unos segundos de ansiosa espera, que a Caríode le parecieron eternos, Ariatte volvió a abrir los ojos y lo miró. Caríode enseguida se dio cuenta de que algo no iba según lo previsto: entre la profunda tristeza en los ojos de la diosa, el joven distinguió un deje preocupación.
Y reconocimiento.

- Calisto- sonó la profunda voz de la diosa- Calisto, de negra y espesa cabellera y ojos negros, vivaces aun ante las puertas de la muerta. ¿Es ella tu Calisto?.

Caríode dio un paso al frente, impaciente.

- ¡Sí, es ella! ¿posees entonces su suspiro?.

Ariatte sostuvo la inquieta mirada del muchacho durante unos instantes. Esta vez fue ella quien bajó la mirada ante los expectantes ojos de Caríode.

- Hacía mucho tiempo que nadie me necesitaba, joven señor –dijo Ariatte con voz apenada- y poco recuerdo de la época en donde cada día mi cuerpo se hacía más nítido gracias al último susurro de desesperación de los presos. – se llevó una de las manos hacia el pecho, donde debiera estar el corazón de una persona normal. Al hacerlo, una leve brisa se meció a su alrededor y su hermoso cabello indefinido ondeó emitiendo un suave ulular de viento- mas recuerdo bien a una joven…

Caríode la miraba con temor y expectación. Recordaba a Calisto… la recordaba…
Ariatte abrió los ojos y miró al joven, mostrando una infinita tristeza.

- No tengo ningún suspiro que darte. Ella no suspiró ni una sola vez ante la ventana.

Caríode se quedó de piedra. Mudo del asombro. Aquello era imposible… inaceptable. ¿Calisto no dejó constancia? ¿perdíó la única oportunidad que tenía para guardar su recuerdo en el mundo de los vivos?.

- Pe… ¡pero eso no puede ser!- exclamó el muchacho, angustiado- ¿Has buscado bien? ¡tienes que tenerlo! Ella pasó por aquí, estoy seguro! ¡tu la recuerdas!.

La diosa bajó de nuevo la mirada, impotente y triste ante la idea de ser inútil. Mas ella no poseía el suspiro que le pedían. Bien sabía que le daría todos los susurros que almacenaba en su cuerpo a aquel muchacho, se los daría hasta desaparecer con la última brisa, si él se los pidiera. Pero era imposible darle algo que jamás se existió. Calisto no suspiró aquel día.

Ariatte levantó la mirada, pero no miró al muchacho, que apretaba con rabia los puños y la miraba con impotencia. Miró más allá. Miró al pasado… observó uno de los pocos recuerdos que conservaba en su interior plagado de vientos. Tal vez su único recuerdo… y es que era la primera vez que se encontraba con alguien así. Alguien que lo rechazaba…

- ¿Para qué quiero dejar constancia en un mundo que me rechaza?


Ariatte bajó la mano que había mantenido sobre su pecho. Tal vez no pueda darle el suspiro que buscaba… pero ella era la Diosa de los Suspiros, la guardiana del recuerdo de los que nadie deseaba recordar. Y poseía algo de Calisto…

- No puedo darte un suspiro que no se me confió, joven señor –comenzó a decir la diosa, haciendo que Caríode, que había agachado la cabeza ante la fustración, volviera a alzarla- mas puedo ofrecerte mi recuerdo de ella. Tal vez sea lo más parecido que ella dejó en este mundo. Lo único que podría salvarla de no ser olvidada...

Caríode la observó durante unos instantes, mas no dudó ni un segundo a la hora de responder a la oferta.

- Dámelo. Por favor…

Ariatte asintió, cerró sus ojos, procurando sacar de su interior todo detalle de aquel recuerdo, y, volviendo a centrar su mirada en el infinito, en un pasado de hacía ya diez años, comenzó a relatar…



La joven de negra cabellera se apoyaba en el alféizar de la ventana, con la cabeza apoyada en una mano, observando la hermosura de la laguna mientras esperaba.
Mientras esperaba a que la negra puerta de la torre izquierda se abriera.
Mientras aguardaba a la muerte

Los cuatro centinelas desaparecieron a ambos lados del puente: unos entrando de nuevo a la prisión, por la puerta de atrás, y otros, los que custodiaban a la cautiva, pasaron a la sala de decapitaciones, al fondo del puente.
Se fueron porque notaron mi presencia.
Sabían que aquel momento era sagrado desde el mismo instante en que descubrieron que yo existía.
Me dejaron a solas con ella.
Iba a recoger su suspiro. El suspiro que muchos otros antes que ella emitieron con tristeza y desesperanza ante esa ventana.

La joven mujer miró con indiferencia como la puerta que la conduciría a su fatal destino se cerraba tras el centinela. Pude distinguir una sonrisa irónica en su moreno rostro.

Me acerqué a ella, sigilosa. Mas la joven no se volvió para mirarme.
Muchos otros se habían arrodillado a mis pies, suplicando piedad. Perdón. Salvación.
Pero yo se los negué todos.
Solo iba a guardar sus suspiros.

Me aproximé entonces a su oído, para poder susurrarle con confidencia.

- Oh, joven doncella, ¿anhelas la hermosura que contenplas?

Ella no respondió. Apoyó ambos brazos sobre el blanquecino alféizar y descansó la cabeza sobre ellos, aun observando el infinito.

- Se que te han condenado por un crimen, el cual no deseo conocer, que que no estoy aquí para juzgarte. No hago distinciones entre justos y delincuentes.
Soy Ariatte, la Diosa de los Suspiros, y guardo la última esencia de las personas que pasan por este puente. Procuro que su recuerdo no se borre de este mundo. Que no desaparezcan para siempre.
Por eso vengo a recoger tu último suspiro.
Observa con atención, pues, a través de esta ventana. Mira por última vez esa laguna brillante y aquellas enormes rocas que desafían al cielo azul.
Contempla por última vez la belleza de este mundo que pronto vas a abandonar.
Contemplalo, y suspira por él.
Suspira sin miedo, pues la brisa que emitas no se perderá.
Formará parte de mi.
Y yo la guardaré para siempre.
Haré que nunca desaparezcas de este mundo hermoso por el que suspiras.


Entonces esperé. Esperé junto a ella para recoger su suspiro.
Mas en lugar de suspirar, la joven por fin me miro.
En sus oscuros ojos pude ver el cansancio, la desgana y la desilusión.
Pude leer en su mirada una profunda decepción que guardaba en lo más profundo de su alma. Una condena injusta.

- ¿Darte mi suspiro? –preguntó- ¿hacer que nunca desaparezca de este mundo?. Dime ¿Para qué quiero dejar constancia en un mundo que me rechaza?

En aquel instante, no supe que responderle. Nunca antes me habían planteado semejante cuestión.
No entendía por qué no deseaba perdurar…

- Pero, señora, este mundo ahora está en agonía. Sufre por la guerra, y sangra cuando la golpean con los cadáveres de aquellos a los que cría. Mas pronto llegará la paz, una paz de tranquilidad y reposo. Y es entonces cuando tu constancia puede volver a ser reconocida por esta tierra que ahora te rechaza.

- Te equivocas, no estamos en guerra.

- ¿Cómo?

- Ahora estamos en paz.

Pocas cosas pueden sorprenderme, o podían sorprenderme antaño, pero tras escuchar aquello me separé de aquella joven extraña y la observé desde el muro opuesto al que ella se encontraba, aun recostada en la ventana.
La mujer se dio la vuelta entonces para mirarme.
Sus ojos oscuros no me miraron amenazantes, mas bien comprensivos. Mas su expresión era dura y su determinación me asombró.

Tras unos segundos en donde ambas nos miramos, la joven apoyó la espalda contra el muro del puente y miró de nuevo a hacia la ventana, quedando su perfil contorneado por la luz del atardecer.

- ¿No te has preguntado cuál fue la causa de esta guerra? ¿El por qué de pronto estallaron las disputas, las discordias y las peleas?.
El ser humano es un ser caprichoso: desea lo que no posee.
Cuando está en tiempos de guerra, desea la paz.
Cuando está en tiempos de quietud, desea actividad.
Movimiento.
Acontecimientos.
El ser humano necesita sentirse vivo, necesitar vivir.
Pero los hombres ahora son como niños pequeños. No comprenden lo que en realidad desean, o lo que en verdad les perjudica.
Por ello, cuando se cansan de vivir en la paz traicionera, tan solo piensan en que las cosas deben moverse a su alrededor. Desean escuchar voces. Quieren ver que sus vidas no se han parado de pronto en un interminable silencio.
El ser humano provoca la guerra por culpa de esa paz.
El ser humano provoca la guerra porque necesita que las cosas se muevan…

- Eso que dices en triste –dije con sinceridad- es triste y decadente...

- Esta paz es decadente. Es una paz mentirosa.

- Pero entonces, ¿no crees que podáis nunca vivir en armonía?

- Yo no he dicho eso…

- ¿Y por qué no dejas, pues, que guarde tu suspiro?


La mujer no respondió hasta pasados unos segundos.
Entonces dejó de mirar por la ventana y volvió a dirigir sus oscuros ojos hacia mi.

- Porque he de aceptar que yo ya no voy a formar parte de este mundo.
No lo abandono porque quiera, me echan de el, me repudian.
Llámalo orgullo, rencor, o como quieras, pero si me tiran de mi hogar a la fuerza deseo llevarme todas mis pertenencias conmigo allá hacia donde me dirija.
Es lo único que no pueden quitarme.
Mis suspiros son míos, y me los llevaré al otro lado de la puerta.

La miré con impotencia.
No pude rebatirle.
No tenía derecho.
No podía robarle su suspiro...

Los guardias volvieron a aparecer, pero solo los que anteriormente habían desaparecido tras la puerta de la torre izquierda.
La torre de ejecuciones.

- Calisto- llamaron.

- Sí…

La joven, cuyo nombre dudo mucho que pueda olvidar, se alejó de la ventana y se acercó con paso decidido a los centinelas.
Observé como se alejaba con tristeza, mas respeté su decisión.

- Espero que allá donde vayas encuentres por fin la paz verdadera, esa paz que aquí no has podido vivir- le dije, con toda sinceridad.

La joven se detuvo en su caminar. Durante unos instantes nadie dijo nada, hasta que Calisto miró hacia atrás y me dedicó una dulce sonrisa.
La primera y única sonrisa que he podido ver en mi vida rodeada de tristeza y desesperanza.

- Yo sí que he vivido una paz verdadera, Ariatte.
Hay un lugar en donde se siente la armonía, la tranquilidad y la felicidad que toda paz debería brindar.
Un lugar en donde, pese que todo está tranquilo, notas como vives.
Notas como las cosas se mueven…




Anochecía cuando Caríode volvió a cruzar el pequeño paso de madera del lago, dejando atrás el puente, las torres, la laguna y las dos grandes rocas brillantes.
Caminó despacio, con las manos en los bolsillos. No tenía prisa. No había por qué correr…

Pasó ante el denso bosque y entre las rocas húmedas que robaban agua al acuífero, y pasó delante de aquellos campos de gramíneas, grises y amarillos.

Mas cuando notó el dulce olor de la madreselva, dándole la bienvenida a su vuelta, paró su caminar y miró a la lejanía. Miró a aquel inmenso mar de flores blancas y doradas, bañadas por la suave luz de la luna.

Sonrió, tristemente, pero de corazón.

La Diosa no le pudo dar el suspiro que buscaba, pero a cambio le había obsequiado con algo mucho mejor. Algo que Calisto sabía que él apreciaría más que cualquiera de sus brisas.

Le había abierto los ojos. Le había enseñado que no necesitaba ningún suspiro. No le hacía ninguna falta…


- Un lugar en donde, pese que todo está tranquilo, notas como vives
Notas como las cosas se mueven…

- Oh… ¿y qué lugar es?

Calisto me miró con ternura, acentuando más su sonrisa.

- Un campo de madreselvas.



Caríode se adentró en el campo, y tras dar unos cuantos pasos, se tumbó con los brazos extendidos en el suave colchón de flores.

Y allí se quedó, mirando el cielo estrellado, hasta que el pasar de las horas hizo que se rindiera al sueño.

Y durmió embriagado con el dulce aroma de las madreselvas…

- Caríode…

- ¿Sí?

- Dime… ¿cómo te sientes ahora…?

- …feliz.

Calisto sonrió.

- Esta es la paz verdadera, hermano.
Una paz en donde sientes que, aunque tu no lo hagas, el mundo no deja nunca de moverse…

***


Notas:

- El Puente de los Suspiros existe de verdad. Se encuentra en Venecia, y, al igual que en la historia, comunica la prisión con el edificio en el que se realizaban las ejecuciones. En este puente hay varias ventanas, en donde se dice que los condenados miraban por última vez Venecia, y suspiraban por ella. (Por eso en el relato se encuentra situado en un enorme lago, simulando el mar en donde se encuentra esta ciudad).

- La descripción de la prisión se corresponde con el interior de la catedral de San Marcos, en donde se encuentran los juegos de colores de mármoles (incluído el que da sensación de reprentar una víscera, solo que en lugar de una columna, es una pared), y el suelo ondulado a causa de la humedad.

- Este relato se me ocurrió cuando estuve allí, en Venecia, hace apenas un par de meses. La historia del Puente de los Suspiros me llevó a imaginar a una diosa que recogía todos los suspiros que allí se lanzaban, y me la imaginaba recostada en aquel puente, con la mira perdida y triste, dando una imagen decadente que casaba a la perfección con el estado de la ciudad, que, al igual que la estructura de la laguna de la historia, se hunde poco a poco en el mar...

jueves, septiembre 15, 2005

Madreselva (parte 2 de 3)

Caríode eligió la torre de la derecha para acceder al complejo. No por nada personal, sino porque sabía que esa era la única torre que poseía puerta de entrada que conectaba el paso desde la orilla a ella. La otra no tenía. Ni de entrada ni de salida. Después de todo, no le hacía falta. En la torre izquierda era donde se realizaban las ejecuciones de los condenados, y la única entrada a ella era por el paso central, el puente acorazado.
Si se piensa, es un recorrido muy lógico: los presos ingresaban en la torre de la derecha, allí se los juzgaba y se los mantenía hasta llegado el día d, cuando serían obligados a pasar por el terrible puente central que comunicaba con la torre de ejecuciones. Y de allí nunca más salían. Por ello no había puerta al final del paso de la izquierda.
Por la villa se rumoreaba que los cadáveres de los reclusos, decapitados, eran llevados a los sótanos y sus cabezas arrojadas a la laguna. Pero esto no era más que una leyenda de pueblo, y Caríode no estaba interesando en demostrar su veracidad, o desmentirla. El venía por algo muy distinto. No venía a por detalles escabrosos. Venía a por algo de mucho más valor para él.

Tras recorrer el imponente puente que atravesaba la laguna hasta la torre, el joven comprobó que la gran puerta de acceso a la prisión se encontraba cerrada, pero sin cerradura. Seguramente, con un poco de empuje se abriría.
Nadie recordaba ya quién había robado el gran pomo. Seguramente fue algún pobre desesperado durante la época de los saqueos, justo después de las guerras. Seguro que quien lo hubiese robado habría logrado una gran fortuna, ya que aquel picaporte era de oro macizo y pesaba cerca de siete quilos.

El muchacho se apoyó contra el portón blanquecino, esbozó una mueca al notar la mullida capa de musgo en sus mejillas, y empezó a empujar. La puerta era pesada, y las bisagras se encontraban oxidadas por la humedad, de forma que comenzaron a emitir un sonoro chirrido cuando comenzaron a ceder ante la fuerza de Caríode. El joven se vio obligado a empujar utilizando todo el peso de su cuerpo hasta conseguir una abertura lo suficientemente grande como para poder colarse dentro. Cuando por fin logró entrar, emitió un jadeo de cansancio, se inclinó un poco y apoyó las manos sobre las rodillas. Aun cansado por el esfuerzo, Caríode miró a sus espaldas. Toneladas de mármol macizo tallado con infinidad de estatuillas que representaban de diferentes formas los castigos de los siete pecados capitales adornaban la parte interior de la puerta. Con razón nadie logró escapar de allí nunca…

Tras sacudir un poco la cabeza para despejarse, el joven se incorporó y reanudó la marcha, dejando la puerta entreabierta.

El edificio se encontraba sorprendentemente vacío. Los saqueos habían acabado por hacer desaparecer cualquier signo de riqueza de allí dentro, y la única belleza que podía distinguirse era el de los contrastes de los distintos tipos de mármoles que decoraban a modo de dibujos las paredes.

Caríode no pudo evitar detenerse frente a una columna de mármol rojizo, y admirarla con mudo asombro. Las líneas de la roca rojiza pulida daban la sensación de estar frente a una víscera cortada y gigantesca. Una imagen grotesca y terrible, muy acorde con el sufrimiento y la tortura a la que fueron sometidos los presos hacía años. El muchacho, algo intimidado, echó una ojeada al amplio recinto desde su posición. Los juegos de colores de los diferentes mármoles daban rienda suelta a la parte más macabra de la imaginación. Rojos surcados de líneas blanquecitas, blancos brillantes invadidos por punteaduras negras, paredes con degradados de azules surcados por fibras rojas, cada vez más abundantes… al parecer los soldados de la prisión se encargaban de hacer desear a los reclusos el pasar a la torre de al lado.

Caríode tragó saliva y volvió a andar, ansioso de salir de allí cuanto antes. A pocos metros de distancia, pudo divisar la modesta puerta de madera de ébano, custodiada por dos esculturas de ángeles decapitados.
Mientras se acercaba a ella, el muchacho se percató de las hondas del suelo: cual hoja de papel, el frío piso había acabado cediendo tras siglos de humedad retenida y ahora se mostraba formando hondas, agonizando y luchando por escapar del agua que cada vez lo engullía con más ansia. Las torres se hundían. Y en un futuro desaparecerán para siempre bajo las profundidades de la laguna, y con ellas miles de gritos almacenados entre las macabras paredes de mármol.

Caríode abrió sin problemas la puerta de acceso al puente central. Tampoco tenía pomo.
Mas, durante unos segundos, dudó. Llevaba mucho tiempo planeando ese momento. El momento en que por fin accedería al puente. Pero ahora, al estar ante él, una oleada de miedo se apoderó de sus sentidos y el sentimiento de los miles de reclusos que antaño se detuvieron igual que él ante esa puerta lo invadió por un instante, achicando sus ansias de pasar. Sin embargo, de entre todos aquellas almas atormentadas, almas que llegaron a sentir verdadero pánico a aquella puerta, había una que le instaba a entrar. Una que, en lugar de agarrarlo fuertemente por los brazos para impedirle acceder a aquel lugar de perdición, le dio una suave palmada en la espalda para que por fin diera el último paso que le quedaba para encontrarse con ella…


- Si la paz te traiciona, morirás como una víctima. Si eres tu el que traicionas a la paz, morirás como un criminal.


Caríode abrió la puerta de un tirón y se adentró de un salto. Una vez en el puente, cerró la puerta a sus espaldas y se apoyó con fuerza sobre ella, sin atreverse a mirar hacia delante, dándole la espalda a aquel corredor.
- Calisto…
Y, durante unos segundos, el dulce olor a madreselva lo abrazó desde el pasado…

- ¡Pero eso no es justo!

- Nadie dijo que lo fuera.

- ¡Yo no quiero morir aun! ¡No deseo vivir en paz!

- ¿Prefieres entonces la guerra? ¿es eso lo que deseas?

- Al menos en la guerra no eres un criminal por tratar de defenderte.

- Ah, pero mueres igual. ¿No decías que no querías morir?

La miré durante unos instantes, con el entrecejo fruncido, haciendo un pucherito y sin comprender. ¿Estábamos entonces en una trampa? Yo no quería vivir así…
Ella me sonrió entonces, afable, y colocándome una mano cálida sobre la cabeza, me alborotó el castaño y espeso cabello.

- No te angusties, Caríode. No siempre la paz es malvada.

Suspiré flojito, y sonreí para mis adentro. Era lo que esperaba oír. Lo que necesitaba oír… ella siempre sabía cuando decirlo.

- ¿No?

- No –afirmó ella- No toda. Hay otro tipo. Otro tipo de paz. Una paz verdadera, buena y dulce, que acoge en sus brazos la vida de toda criatura y la mece como una madre a sus hijos.


- ¿Y donde está esa paz, hermana?

Me volvió a dedicar una sonrisa, aquella sonrisa tierna que yo tanto quería.
Apartó entonces su mano de mi cabeza, y se recostó a mi lado entre las madreselvas.

- Caríode…

- ¿Sí?


- Dime… ¿cómo te sientes ahora…?


El muchacho cerró fuertes los ojos, y apartó los recuerdos de su pensamiento. Con un suspiro, se giró por fin, y miró de frente. El pasillo no era muy largo, y al fondo podía verse la segunda puerta de ébano, que comunicaba con la torre izquierda. Pero Caríode no pasaría por ella. Ya había llegado a su destino.
El punte del Susurro, la pasarela de los condenados.
Era un recinto completamente cerrado, con un techo tosco recubierto de cerámica y paredes carcomidas por la humedad. Era como un enorme tubo cuadrangular, sin adorno ninguno, dejando pasar la luz tan solo por una modesta ventana en la pared derecha.
El joven miró hacia esa ventanita con tristeza. Se acercó a ella, y observó el exterior. Contempló entonces una imagen hermosa, en donde la laguna brillaba bajo los destellos del sol de la tarde, emitiendo brillos con cada una de sus partículas de sal. Al fondo, Caríode pudo distinguir las dos enormes rocas negras, que también brillaban bajo los últimos rayos de sol, y el pequeño reguerillo que moría en la orilla de la laguna. Una imagen digna de un bello cuadro. Y era también la última imagen para aquellos que pasaron por ese pasillo hacia la puerta de la torre de la decapitación.

El muchacho apoyó entonces los antebrazos en el alféizar, y esperó. Esperó a aquella que aun permanecía oculta en aquel puente de desesperación, aquella que guardaba lo que él andaba buscando. Y lo que quería recuperar.
Esperó a Ariatte, la Diosa de los Suspiros…

- ¿Sabes quien es la Diosa de los Suspiros?

- Claro que lo se, Calisto, ¡nos hablan de ella en la escuela!

- Oh… ¿y crees que algún día podrás verla?

- … Yo espero que no...


Caríode sonrió, y apoyó la cabeza sobre los brazos, aun observando la lejanía. Ahora solo tenía que aguardar.

Mas no pasaría mucho tiempo hasta que ella se apareció. Al poco rato de haberse acomodado en la ventana, comenzó a llegar la brisa… una brisa suave y cálida. Una brisa que no provenía del viento que se colaba por la ventana, sino del interior del propio puente. Una brisa formada a partir de miles de suspiros…
El joven se dio la vuelta y miró a sus espaldas. Allí se había formado un pequeño remolino de viento, que poco a poco fue tomando la forma de una joven y bella mujer, de la cual se contaban leyendas y se cantaban canciones en su villa desde que no era más que un niño.
La mujer terminó de definirse cuando la última brisa se acomodó en su cabello. Un cabello largo y espeso, casi translúcido, pues al igual que el resto de la figura estaba formado únicamente de viento, siendo su única consistencia las diminutas partículas de sal provenientes de la laguna.

Y allí estaba ella, la Diosa formada por miles de los pequeños susurros emitidos por los condenados que, antes de pasar a la saga de decapitación, recorrieron aquel puente, y apoyándose en la ventana suspiraban al ver tan bella imagen de un mundo que iban a abandonar para siempre.

Ariatte, la Diosa formada por los últimos susurros de aquellos destinados a morir, aquella que custodiaba los últimos suspiros de los sentenciados, para poder proteger así su constancia en el mundo que pronto los olvidaría.

La Diosa de los Suspiros.

Caríode contempló con admiración, aunque sorprendentemente calmado, como la diosa abría sus ojos opacos y le dedicaba una mirada triste. La única mirada que podía conocer un ser creado a través del último aliento de los condenados.

- Hace mucho que nadie viene a verme, joven señor –dijo la diosa entre ecos- soy Ariatte, y guardo los suspiros de aquellos que fueron condenados por sus hermanos a una muerte prematura. Yo guardo sus últimas palabras, sus últimos deseos. Yo custodio la única permanencia que les queda en este mundo.
Dime, joven señor, ¿deseas algo de mi?.

Caríode respiró hondo, pese a que no estaba nervioso. El hecho de haber llegado hasta allí le había dado las fuerzas necesarias para afrontar la aparición de aquella diosa de tristeza y muerte.
Tenía que recoger algo, y tenía que hacerlo en ese momento.

- Ariatte –dijo el joven- Se que tu cuerpo está formado por los suspiros de los condenados, por ello tal vez no es justo que yo te pida esto, pues si te desprendieras de esos suspiros tu forma y existencia perderían nitidez.- Al llegar a este punto, el muchacho hizo una pausa, esperando ver la reacción de la diosa. Pero ella no varió su expresión, y continuó observándole sumergida en el viento suave que la rodeaba. Caríode, tras inspirar un segundo, continuó- He recorrido este camino para que me entregues algo que tengo derecho a reclamar.

La Diosa lo miraba sin decir nada. Caríode no pudo soportar aquella mirada cargada de pena, y acabó por bajar la vista ante los tristes ojos de Ariatte.

- Diosa, por favor te lo suplico, -pidió con voz apagada- dame el último suspiro de mi hermana mayor, condenada a pasar por este puente hasta un injusto destino hace ya diez años.
Dame el último suspiro de Calisto.

martes, septiembre 13, 2005

Madreselva (parte 1 de 3)

Había que recorrer la colina y atravesar los inmensos campos de madreselva que lo separaban de la casi abandonada villa. Lo cierto es que ya prácticamente nadie se pasaba por allí. Era un lugar decadente, frío y triste, un paraje que perdió toda su antigua belleza tras largos siglos de olvido. Ahora, la gente que había conseguido reunir la suficiente curiosidad como para acercarse de nuevo, asegura que se encuentra bajo el yugo de siglos y siglos de abandono, agonizando en el mar de lágrimas y lamentos que se formó cuando los aldeanos aun se acercaban allí para verla. Para verla a ella…
Según decían, el blanquecino brillo del mármol se encuentra bajo una gran capa de negrura, los pilares de roble ahora están carcomidos por la humedad y las gloriosas estatuas, esculpidas con gran maestría por los artistas de la época, ahora se encuentran ocultas bajo miles de colonias de mohos y musgos. Pero la gente aun asegura que ella sigue allí. Siempre está allí.

Caríode se encontraba en aquellos momentos frente a la colina, observando la lejanía. Nunca le habían prohibido ir a aquel lugar, ya que en realidad no era un paraje peligroso. Los delincuentes tomaron el lugar como sagrado, y nunca hacen fechorías allí. Ni siquiera se acercan a él.
El muchacho miró unos segundos a sus espaldas, hacia la villa. Su casa podía verse perfectamente. Después de todo, era una villa muy pequeña, y allí todos se conocían entre todos. Durante unos segundos, quedó mirando en aquella dirección, sospesando las posibilidades.
Estaba claro sus padres no le reñirían, pero tampoco estarían muy contentos de que fuera a aquel lugar él solo. Pero Caríode estaba convencido de que si les pedía que les acompañara al final le tocaría aguantar resoplidos de disgusto y continuos y persistentes “vámonos ya, hijo” cada dos segundos, lo cual provocaría una marcha prematura que le haría desear una vez más el regresar para poder visitar aquello con más tranquilidad. Además, tenía más razones para ir, no solo hacer una visita formal. Quería pedirlo. Pedir lo que sus padres se han negado siempre a buscar. Quería pedírselo a ella.

Con un pequeño resoplido, Caríode dio un salto y se adentró en la colina, andando a paso ligero. No quería que le vieran los de la aldea. Luego vendrían las preguntas…

La colina no era muy pronunciada, y teniendo en cuenta que el chico no iba despacio, pronto la dejó atrás. Una vez dentro del campo de madreselva, Caríode comprobó con un suspiro que desde allí las cabañas se veían muy reducidas. Cualquier persona que mirara desde allí hacia él no lo vería más que como un puntito entre el inmenso verde.
Caríode suspiró, y miró hacia el campo. Aquello le iba a tomar más tiempo de atravesar… Los bastos campos de madreselva eran el orgullo de la villa, constituyendo grandes mantos verdes salpicados por miles de pequeñas flores blancas y rosáceas, cuyo aroma inundaba el aire fresco y puro. A más de uno le entraba sueño al adentrase en aquellos parajes, y se recostaba sobre la mullida colcha de madreselva, que acogía sin distinción a cualquier ser vivo que decidiese tumbarse allí, junto a las flores.
Pero Caríode no estaba allí para embriagarse con la belleza del campo. Debía atravesar todo aquello hasta llegar a la laguna. Seguro que allí aun se encuentra la barca de remos. Hacia ya muchos años que nadie atravesaba aquel lago…

El joven caminó más tranquilamente por los campos, respirando el aire y disfrutando un poco de la paz que por allí se respiraba.

- Hay distintos tipos de paz, Caríode. En la villa estamos en paz. Nos levantamos por la mañana, hacemos nuestras tareas y nos vamos pronto a la cama para poder madrugar al día siguiente, y poder trabajar de nuevo. Nadie nos molesta. Nadie nos ataca. Estamos en paz.
Pero es una paz insulsa, sosa y aburrida. Una paz que muchas personas acaban por odiar por monótona y repetitiva, una paz odiosa que llena la corta vida de aquellos que la viven de tiempos muertos y espacios en donde nadie sabe que decir. Y es por ello, Caríode, que esa paz en realidad es falsa y traicionera. Por su culpa surgen las guerras, las disputas, las discordias… Surgen para poner fin a esa paz angustiosa, aburrida y terrible que sume a los humanos en una dejadez similar a la muerte. Esa es la paz mentirosa…

Caríode se detuvo al recordar estas palabras. Pero fue solo un instante. Luego, retomó el paso. Esta vez, más deprisa. Necesitaba llegar a aquel lago cuanto antes…

- … y esa es la paz que estamos viviendo en nuestra villa.


El joven Caríode necesitó un cuarto de hora más para atravesar los hermosos campos y llegar por fin al cristalino lago. Estaba limpio. Limpio y freso. Símbolo de que la gente ya nunca se pasaba por allí… Sin embargo, el muchacho se sorprendió al ver el pequeño paso de madera que habían construido para poder cruzarlo.
No había barca.
Solo un pequeño paso de madera. Y no estaba carcomida, lo que quería decir que no llevaba allí mucho tiempo.
Caríode se acercó, algo dudoso al principio. Pero luego, tras pensar un poco, vio que era muy lógico.
Una barca en un lago en donde nadie ya pasaba era un robo fácil. Posiblemente, por allí habrían pasado infinidad de barcas, que poco a poco fueron tomadas por manos ajenas. Posiblemente, estas manos ni siquiera eran manos de ladrones, sino más bien de gente humilde que veía una barca que nadie usaba y decidió adoptarla.
Las autoridades al final optaron por hacer aquel paso para aquellos que aun quisieran acercarse allá. Un simple paso de madera… ¿para qué esforzarse más? Por allí nadie pasaba. Solo Caríode.

El chico cruzó el pequeño lago, admirando los nenúfares que habían decidido establecer allí su hogar, rodeados de juncos y croares de ranas. No tardó en atravesar la extensión de agua. Tal vez, en otros tiempos, aquel hubiese sido un lago imponente, pero ahora no era más que una charca grande. De cualquier forma, aun conservaba el pequeño reguerito.
El reguero de agua, que anteriormente fuese río.

Caríode bajó del paso de madera de un salto y buscó el pequeño riachuelo que surgía del otro lado del lago. No tardó en encontrarlo. Era pequeño y circulaba por un cauce mucho más grande de lo que un reguero como él podría haber originado. Esto era signo de que, antaño, el pequeño reguerillo fue un cristalino río en donde los niños jugaban con sus barquitos de cáscaras de nuez, haciendo carreras para ver cual de ellos llegaba antes a la meta. Una meta que Caríode también buscaba en aquel momento.

Caminó a paso ligero junto al ríachuelo, cuya corriente hacía de guía a los viajeros. Caminó y caminó, siempre pegado a aquel pequeño reguero de agua que, agonizante, continuaba ejerciendo su papel de acompañante con orgullo, al parecer feliz de que por fin alguien lo reclamara tras tanto tiempo de olvido.
Caríode no supo cuando tiempo se mantuvo frente al pequeño río. Atravesó campos de gramíneas, mucho más feos que sus madreselvas, parajes llenos de rocas húmedas, que posiblemente alimentaran a aquel río al obtener aguas de algún pequeño acuífero en profundidad, y pasó por delante un espeso bosque de abedules, virgen de la mano del hombre. Caríode sonrió. Realmente nadie había pasado por allí en mucho tiempo…

Y entonces llegó al acantilado. Y Caríode se detuvo. Era inetable. Nunca lo había visto…
Frente a él de alzaban dos portentosas torres de roca volcánica, que en otros tiempos formaron una sola que fue partida limpiamente por la mitad, como si se tratara de una enorme almeja abierta puesta en vertical. Por el centro de estas dos enormes estructuras naturales, negras como la noche y brillantes debido a millones de pequeños trozos de cuarzo incrustados entre las rocosas paredes, se encontraba el guía, su pequeño riachuelo, que fluía emitiendo el chapoteo aumentado por el eco, simulando un torrente de agua que lo instaba a seguir en esa dirección.
A Caríode le costó aceptar que aquel enorme surco en la grandiosa montaña hubiese sido provocado por el poder erosivo de aquel pequeño río, que, tenazmente, sin decaer nunca, había ido abriendo el paso durante millones de años en la negra roca para mostrar el camino a seguir.
El camino hasta ella.
El muchacho inspiró fuerte, y se adentró en la grieta. Una ráfaga de viento fresca lo recibió, acompañada por el suave crepitar del agua. El ambiente era húmedo y las paredes emitían destellos, revelando el paradero del cuarzo. Caríode comprobó que la grieta, si bien profunda, no era muy larga, pues podía atisbar sin dificultad el otro lado.
Y entonces el joven se impacientó. Una descarga de adrenalina recorrió su joven cuerpo, y, olvidando la fascinación inicial por aquel gigantesco cañón, corrió impaciente entre las dos enormes montañas, que no eran sino rocas gigantescas, ansioso por alcanzar por fin el lugar en donde encontraría lo que había deseado desde hacía años.

Caríode se detuvo al llegar al final. Sus ojos se abrieron de par en par, se le erizaron los cabellos y no pudo resistir un suspiro de genuino asombro.

Delante suya se hallaba la laguna más grande que jamás hubiese podido ver en su joven vida. Una laguna que bien podría haber afirmado que era el mismo mar, si no fuera porque podía intuirse la otra orilla en la lejanía, además de que los antiguos habían asegurado encontrar sus límites a ambos lados, tras recorrer previamente varios kilómetros. Pero no fue la laguna lo que más sorprendió al joven, si no la estructura que se alzaba justo en el centro de ella, sobre las aguas.
Dos inmensas torres, anchas y plagadas de ventanas, se alzaban justo en el centro de la enorme extensión de agua, una al lado de la otra, pero separadas varios metros entre ellas. De las puertas de estas dos torres salían dos caminos vallados de mármol y granito, que atravesaban la laguna, rozando el agua, y llegaban hasta la orilla en donde él se encontraba, facilitando el acceso a una o a otra.
Y, entre ambas torres, como única medida de conexión, se encontraba el lugar que él andaba buscando. El sitio olvidado por muchos, sumido en la tristeza y desesperación de los que por allí pasaron, años atrás. Allí estaba el puente, el puente de mármol blanco y brillante. Un puente que se alzaba entre ambas torres, sin rozar las aguas, comunicándolas entre ellas y siendo el único paso posible para pasar de una a la otra. Era un puente cerrado, casi acorazado, pues solo había una ventana en aquel pasillo que pudiese iluminar un interior de tristeza, odio y muerte.
Caríode apretó los puños, intentando relajarse. Sabía lo que eran aquellas torres. Sabía lo que representaban y el porqué nadie deseaba volver allí.
Pero ya había llegado. Y no se iba a marchar sin lo que había venido a buscar…


- Si esa paz es traicionera, no deseo vivir en ella. Antes la traicionaré yo.

lunes, septiembre 12, 2005

Publichité



Señorinos y señorinas, a partir de ahora las grandes marcas no van a volver contratar para publicitar sus chorraditas ni a Julio Iglesias, ni a Ana Kournikova, ni a Jennifer Lopez, ni a Enrique Iglesias, ni a Maria Teresa Campos, ni aTerelu Campus, ni a Beckam, ni a Britney Spears, ni a Antonio Banderas, ni a Raúl, ni aRonaldiho, ni a Casillas, ni a Ronaldo, ni a Matías Prat, ni a Anabel Alonso, ni a David Bisbal, ni a Chenoa, ni a Fernando Alonso, ni a Rappel, ni a el Neng ni a la ganadora del pelo Pantenne, ni a Don Limpio, ni a Bart Simpson, ni a Alejo Saura, ni a Tom Cruise, ni a Coco, ni a Barbie, ni a Snoopy, ni a los Lunnis y ni a al tio flipao del club zedd.

No.

Se acabó su época. Pasaron de moda.
Se ve que no vendían... al menos no tanto como lo hará...
...
él:



Por el santo copón... ahora me tengo comprar el jodio móvil >_< (cagüen el Before Crisis!)

Ya puestos, podrían poner a Kakashi o a Mustang anunciando gallumbos...

...

(por favor, matadme pa que no sufra...)

domingo, septiembre 11, 2005

Rumble



...

Por favor, decidme que no he sido la única en pensar que ese Rumble era una especie de cuesco ultrasónico...

>_<